‎- Es la hora. Ya no hay vuelta atrás. Los juegos van a comenzar. Los tributos deben salir a la Arena y luchar por sobrevivir. Ganar significa Fama y riqueza, perder significa la muerte segura...

¡Que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!

Fragmento de Sinsajo


Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;
Recuesta tu cabeza y cierra tus adormilados ojos
Y cuando los abras de nuevo, el sol estará en el cielo.
Aquí es seguro, aquí es cálido
Aquí las margaritas te protegen de cualquier daño
Aquí tus sueños son dulces y mañana se harán realidad
Y mi amor por ti aquí perdurará.

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miércoles, 17 de agosto de 2011

En Llamas/Capitulo 8



8





 ¡No! Gri­to, y me ar­ro­jo ha­cia de­lan­te. Es de­ma­si­ado tar­de pa­ra de­te­ner el des­cen­so del bra­zo, e in­s­tin­ti­va­men­te sé que no ten­d­ré po­der pa­ra blo­qu­e­ar­lo. En vez de eso me lan­zo di­rec­ta­men­te en­t­re el lá­ti­go y Ga­le. He le­van­ta­do los bra­zos pa­ra pro­te­ger tan­to de su cu­er­po ro­to co­mo sea po­sib­le, así que no hay na­da pa­ra des­vi­ar el lá­ti­go. Re­ci­bo to­da su fu­er­za a tra­vés del la­do iz­qu­i­er­do de mi ca­ra.
    El do­lor es ce­ga­dor y es­pon­tá­neo. Fo­go­na­zos ir­re­gu­la­res de luz cru­zan mi cam­po de vi­si­ón y ca­igo de ro­dil­las. Una ma­no sob­re la me­j­il­la mi­en­t­ras la ot­ra im­pi­de que me ca­iga. Ya pu­edo sen­tir el ver­du­gón for­mán­do­se, la hin­c­ha­zón cer­ran­do mi ojo. Las pi­ed­ras de­ba­jo de mí es­tán hú­me­das con la san­g­re de Ga­le, el aire pe­sa­do con su olor. ¡Pá­ra­lo! ¡Lo vas a ma­tar! Chil­lo.
    Veo fu­gaz­men­te el ros­t­ro de mi asal­tan­te. Du­ro, con lí­ne­as pro­fun­das, una bo­ca cru­el. Pe­lo gris afe­ita­do ca­si has­ta la no exis­ten­cia, oj­os tan neg­ros que pa­re­cen ser to­do pu­pi­las, una na­riz lar­ga y rec­ta en­ro­j­eci­da por el aire he­la­do. El po­de­ro­so bra­zo se ele­va de nu­evo, con la mi­ra­da pu­es­ta en mí. Mi ma­no vu­ela a mi hom­b­ro, con ham­b­re de una flec­ha, pe­ro, por su­pu­es­to, mis ar­mas es­tán es­con­di­das en el bos­que. Ap­ri­eto con fu­er­za los di­en­tes en an­ti­ci­pa­ci­ón al si­gu­i­en­te la­ti­ga­zo. ¡Espe­ra! Lad­ra una voz. Hay­mitch apa­re­ce y tro­pi­eza sob­re un agen­te de la paz que ya­ce en el su­elo. Es Da­ri­us. Un in­men­so chic­hón mo­ra­do em­pu­ja a tra­vés del pe­lo ro­jo en su fren­te. Es­tá no­qu­e­ado pe­ro aún res­pi­ra. ¿Qué pa­só? ¿Inten­tó él ve­nir en auxi­lio de Ga­le an­tes de que yo lle­ga­ra?
    Haymitch lo ig­no­ra y me le­van­ta con brus­qu­edad.
    Oh, ex­ce­len­te. Su ma­no se ci­er­ra ba­jo mi bar­bil­la, al­zán­do­la. Ti­ene una se­si­ón de fo­tos la se­ma­na que vi­ene po­san­do con tra­j­es de bo­da. ¿Qué se su­po­ne que de­bo de­cir­le a su es­ti­lis­ta?
    Veo una chis­pa de re­co­no­ci­mi­en­to en los oj­os del hom­b­re con el lá­ti­go. Ab­ri­ga­da con­t­ra el frío, mi ca­ra lib­re de ma­qu­il­la­je, mi tren­za me­ti­da sin cu­ida­do de­ba­jo de mi ab­ri­go, no se­ría fá­cil iden­ti­fi­car­me co­mo la ven­ce­do­ra de los úl­ti­mos Ju­egos del Ham­b­re. Es­pe­ci­al­men­te con la mi­tad de mi ca­ra hin­c­hán­do­se. Pe­ro Hay­mitch ha es­ta­do apa­re­ci­en­do en te­le­vi­si­ón du­ran­te años, y se­ría di­fí­cil de ol­vi­dar.
    El hom­b­re se apo­ya el lá­ti­go sob­re la ca­de­ra.
    Interrumpió el cas­ti­go de un cri­mi­nal con­fe­so.



    Todo lo re­la­ci­ona­do con es­te hom­b­re, su voz auto­ri­ta­ria, su ex­t­ra­ño acen­to, avi­sa de una ame­na­za pe­lig­ro­sa y des­co­no­ci­da. ¿De dón­de ha ve­ni­do? ¿Del Dis­t­ri­to 11? ¿Del mis­mo Ca­pi­to­lio? ¡No me im­por­ta si hi­zo ex­p­lo­tar el mal­di­to Edi­fi­cio de Jus­ti­cia! ¡Mi­ra su me­j­il­la! ¿Cre­es que eso es­ta­rá lis­to pa­ra las cá­ma­ras en una se­ma­na? Ru­ge Hay­mitch.
    La voz del hom­b­re to­da­vía es fría, pe­ro pu­edo de­tec­tar al­go de du­da.
    Eso no es prob­le­ma mío. ¿No? Bu­eno, pu­es es­tá a pun­to de ser­lo, ami­go mío. La pri­me­ra lla­ma­da que ha­ré cu­an­do lle­gue a ca­sa se­rá al Ca­pi­to­lio. Di­ce Hay­mitch. ¡Ave­ri­gu­aré qu­i­en te ha auto­ri­za­do a es­t­ro­pe­ar la ca­ra bo­ni­ta de mi ven­ce­do­ra!
    Él es­ta­ba ca­zan­do fur­ti­va­men­te. ¿Qué ti­ene que ver con el­la, en cu­al­qu­i­er ca­so? Di­ce el hom­b­re.
    Es su pri­mo. Aho­ra Pe­eta sos­ti­ene mi ot­ro bra­zo, pe­ro con su­avi­dad. Y el­la mi pro­me­ti­da. Así que si qu­i­eres lle­gar a él, ten­d­rás que pa­sar sob­re los dos.
    Tal vez se­amos no­sot­ros. Las úni­cas tres per­so­nas en el dis­t­ri­to que pod­rí­an pre­sen­tar una re­sis­ten­cia co­mo es­ta. Aun­que se­gu­ro que se­rá tem­po­ral. Hab­rá re­per­cu­si­ones. Pe­ro por el mo­men­to, to­do lo que me im­por­ta es man­te­ner a Ga­le con vi­da. El nu­evo agen­te de la paz en jefe mi­ra a su bri­ga­da de re­fu­er­zo. Con ali­vio, veo que son ros­t­ros fa­mi­li­ares, vi­e­j­os ami­gos del Qu­ema­dor. Pu­edes ver en sus ex­p­re­si­ones que no es­tán dis­f­ru­tan­do del es­pec­tá­cu­lo.
    Una de el­los, una mu­j­er lla­ma­da Pur­nia que co­me con re­gu­la­ri­dad en el pu­es­to de Sae la Gra­si­en­ta, avan­za un pa­so muy ten­sa.
    Creo que, pa­ra una pri­me­ra ofen­sa, el nú­me­ro re­qu­eri­do de la­ti­ga­zos ha si­do dis­pen­sa­do, se­ñor. A no ser que su sen­ten­cia sea la mu­er­te, que se­ría ej­ecu­ta­da por el pe­lo­tón de fu­si­la­mi­en­to. ¿Es ese el pro­to­co­lo es­tán­dar aquí? Pre­gun­ta el agen­te de la paz en jefe.
    Sí, se­ñor. Di­ce Pur­nia, y va­ri­os ot­ros asi­en­ten. Es­toy se­gu­ra de que nin­gu­no lo sa­be de ver­dad por­que, en el Qu­ema­dor, el pro­to­co­lo es­tán­dar pa­ra al­gu­i­en que apa­re­ce con un pa­vo sal­va­je es pu­j­ar por los mus­los.
    Muy bi­en. En­ton­ces sa­ca a tu pri­mo de aquí, ni­ña. Y si des­pi­er­ta, re­cu­ér­da­le que la pró­xi­ma vez que ca­ce fur­ti­va­men­te en la pro­pi­edad del Ca­pi­to­lio, pre­pa­ra­ré en per­so­na ese pe­lo­tón de fu­si­la­mi­en­to. El agen­te de la paz en jefe pa­sa la ma­no a lo lar­go de to­da la lon­gi­tud del lá­ti­go, sal­pi­cán­do­nos de san­g­re. Des­pu­és lo en­rol­la en cír­cu­los rá­pi­dos y or­de­na­dos y se va.
    La ma­yo­ría de los ot­ros agen­tes de la paz lo si­gu­en en in­có­mo­da for­ma­ci­ón. Un pe­qu­eño gru­po se qu­eda at­rás y le­van­ta el cu­er­po de Da­ri­us por bra­zos y pi­er­nas. Cap­to la mi­ra­da de Pur­nia y ar­ti­cu­lo la pa­lab­ra "Gra­ci­as" an­tes de que se va­ya. No res­pon­de, pe­ro es­toy se­gu­ra de que en­ten­dió.
    Gale. Me vu­el­vo, mis ma­nos hur­gan­do tor­pe­men­te en los nu­dos que unen sus mu­ñe­cas. Al­gu­i­en pa­sa un cuc­hil­lo y Pe­eta cor­ta las cu­er­das. Ga­le se der­rum­ba en el su­elo.
    Mejor lle­var­lo a tu mad­re. Di­ce Hay­mitch.
    No hay ca­mil­la, pe­ro la an­ci­ana del pu­es­to de ro­pa nos ven­de el tab­le­ro que le ha­ce de mos­t­ra­dor.
    Simplemente no di­gá­is dón­de lo con­se­gu­is­te­is. Di­ce, em­pa­qu­etan­do rá­pi­da­men­te el res­to de su mer­can­cía. La ma­yor par­te de la pla­za se ha va­ci­ado, el mi­edo ga­nán­do­le a la com­pa­si­ón. Pe­ro des­pu­és de lo que aca­ba de pa­sar, no pu­edo cul­par a na­die.
    Para cu­an­do he­mos co­lo­ca­do a Ga­le bo­ca aba­jo sob­re el tab­le­ro, só­lo qu­eda un pu­ña­do de per­so­nas pa­ra lle­var­lo. Hay­mitch, Pe­eta y un par de mi­ne­ros que tra­ba­j­an en el mis­mo gru­po que Ga­le lo le­van­tan.
    Leevy, una chi­ca que vi­ve a unas po­cas ca­sas de dis­tan­cia de la mía en la Ve­ta, me agar­ra el bra­zo. Mi mad­re man­tu­vo a su her­ma­no pe­qu­eño con vi­da el año pa­sa­do cu­an­do con­t­ra­jo el sa­ram­pi­ón. ¿Ne­ce­si­tas ayu­da pa­ra vol­ver? Sus oj­os gri­ses es­tán asus­ta­dos pe­ro de­ci­di­dos.
    No, pe­ro ¿pu­edes tra­er a Ha­zel­le? ¿Envi­ar­la aquí? Pre­gun­to.
    Sí. Di­ce Le­evy, vol­vi­én­do­se sob­re los ta­lo­nes. ¡Le­evy! Di­go. No le de­j­es tra­er a los ni­ños.
    No. Me qu­eda­ré con el­los yo mis­ma.
    Gracias. Co­jo la cha­qu­eta de Ga­le y me ap­re­su­ro det­rás de los de­más.
    Pon al­go de ni­eve sob­re eso. Or­de­na Hay­mitch por en­ci­ma del hom­b­ro. Co­jo un pu­ña­do de ni­eve y lo pre­si­ono con­t­ra mi me­j­il­la, cal­man­do al­go el do­lor. Aho­ra mi ojo iz­qu­i­er­do es­tá llo­ran­do con ga­nas, y en la luz en dis­mi­nu­ci­ón to­do lo que pu­edo ha­cer es se­gu­ir las bo­tas de­lan­te de mí.
    Mientras an­da­mos oigo a Bris­tel y Thom, los com­pa­ñe­ros de gru­po de Ga­le, unir las pi­ezas de la his­to­ria de lo que ha pa­sa­do. Ga­le de­bió de ha­ber ido a la ca­sa de Cray, co­mo ha hec­ho ci­en ve­ces, sa­bi­en­do que Cray si­em­p­re pa­ga bi­en por un pa­vo sal­va­je. En vez de eso en­con­t­ró al nu­evo agen­te de la paz en jefe, un hom­b­re al que oye­ron a al­gu­i­en lla­mar Ro­mu­lus Thre­ad.
    Nadie sa­be qué le pa­só a Cray. Es­ta­ba com­p­ran­do li­cor blan­co en el Qu­ema­dor es­ta mis­ma ma­ña­na, apa­ren­te­men­te aún al man­do del dis­t­ri­to, pe­ro aho­ra no apa­re­ce por nin­gu­na par­te.
    Thread ar­res­tó a Ga­le de in­me­di­ato y, por su­pu­es­to, ya que es­ta­ba al­lí de pie sos­te­ni­en­do un pa­vo mu­er­to, ha­bía po­co que Ga­le pu­di­era de­cir en de­fen­sa pro­pia. El ru­mor de su apu­ro se ex­ten­dió con ra­pi­dez. Fue lle­va­do a la pla­za, ob­li­ga­do a dec­la­rar­se cul­pab­le de su cri­men, y sen­ten­ci­ado a un azo­ta­mi­en­to que se lle­va­ría a ca­bo de in­me­di­ato. Pa­ra cu­an­do yo apa­re­cí, ha­bía si­do azo­ta­do por lo me­nos cu­aren­ta ve­ces. Se des­ma­yó al­re­de­dor de la nú­me­ro tre­in­ta.
    Menos mal que só­lo te­nía el pa­vo en­ci­ma. Di­ce Bris­tel. Si hu­bi­era lle­va­do su ca­za ha­bi­tu­al, hab­ría si­do muc­ho pe­or.
    Le di­jo a Thre­ad que se lo en­con­t­ró va­gan­do por la Ve­ta. Di­jo que ha­bía su­bi­do por la val­la y que lo apu­ña­ló con un pa­lo. To­da­vía un cri­men. Pe­ro si hu­bi­eran sa­bi­do que ha­bía es­ta­do en el bos­que con ar­mas, lo hab­rí­an ma­ta­do se­gu­ro. Di­ce Thom. ¿Qué pa­sa con Da­ri­us? Pre­gun­ta Pe­eta.
    Después de unos ve­in­te la­ti­ga­zos in­ter­vi­no, di­ci­en­do que ya era su­fi­ci­en­te. Só­lo que no lo hi­zo ele­gan­te y ofi­ci­al, co­mo Pur­nia. Agar­ró el bra­zo de Thre­ad y Thre­ad lo gol­peó en la ca­be­za con la cu­la­ta del lá­ti­go. Na­da bu­eno le es­pe­ra. Di­ce Bris­tel.
    No su­ena muy bi­en pa­ra nin­gu­no de no­sot­ros. Di­ce Hay­mitch.
    Empieza a ca­er la ni­eve, es­pe­sa y hú­me­da, ha­ci­en­do que la vi­si­bi­li­dad sea aún más di­fí­cil.
    Tropiezo en la su­bi­da a mi ca­sa det­rás de los ot­ros, usan­do mis oídos más que mis oj­os pa­ra gu­i­ar­me. Una luz do­ra­da co­lo­rea la ni­eve cu­an­do se ab­re la pu­er­ta. Mi mad­re, que sin du­da me es­ta­ba es­pe­ran­do des­pu­és de un lar­go día de ausen­cia inex­p­li­ca­da, asi­mi­la la es­ce­na.
    Nuevo Jefe. Di­ce Hay­mitch, y el­la asi­en­te se­ca­men­te co­mo si no hi­ci­era fal­ta ot­ra ex­p­li­ca­ci­ón.
    Me lle­na de ad­mi­ra­ci­ón, co­mo si­em­p­re, el ver­la pa­sar de una mu­j­er que me lla­ma pa­ra ma­tar una ara­ña a una mu­j­er in­mu­ne al mi­edo. Cu­an­do le tra­en a un en­fer­mo o mo­ri­bun­do… es­te es el úni­co mo­men­to en que creo que mi mad­re sa­be qu­i­én es. En in­s­tan­tes, la lar­ga me­sa de la co­ci­na ha si­do va­ci­ada, una te­la blan­ca y es­té­ril ex­ten­di­da sob­re el­la, y Ga­le su­bi­do en­ci­ma. Mi mad­re vi­er­te agua de una ca­fe­te­ra en un cu­en­co mi­en­t­ras le or­de­na a Prim que tra­iga una se­rie de sus re­me­di­os del bo­ti­qu­ín de me­di­ci­nas. Hi­er­bas se­cas y tin­tu­ras y bo­tel­las com­p­ra­das en ti­en­das. Mi­ro sus ma­nos, los de­dos lar­gos y fi­nos des­me­nu­zan­do es­to, aña­di­en­do go­tas de aqu­el­lo, den­t­ro del cu­en­co. Em­pa­pan­do una te­la en el lí­qu­ido ca­li­en­te mi­en­t­ras le da a Prim in­s­t­ruc­ci­ones pa­ra pre­pa­rar una se­gun­da po­ci­ón.
    Mi mad­re me mi­ra. ¿Te cor­tó el ojo?
    No, só­lo es­tá cer­ra­do por la hin­c­ha­zón.
    Ponte más ni­eve en él. In­s­t­ru­ye. Pe­ro cla­ra­men­te no soy una pri­ori­dad. ¿Pu­edes sal­var­lo? Le pre­gun­to a mi mad­re. No di­ce na­da mi­en­t­ras es­cur­re la te­la y la sos­ti­ene en el aire pa­ra que se en­f­ríe al­go.
    No te pre­ocu­pes. Di­ce Hay­mitch. So­lía ha­ber muc­hos azo­ta­mi­en­tos an­tes de Cray.
    Es a el­la a qu­i­en se los lle­vá­ba­mos.
    No pu­edo re­cor­dar un ti­em­po an­tes de Cray, un ti­em­po don­de ha­bía un agen­te de la paz en jefe que usa­ba lib­re­men­te el lá­ti­go. Pe­ro mi mad­re de­bía de te­ner mi edad más o me­nos y de­bía de tra­ba­j­ar to­da­vía en la bo­ti­ca con sus pad­res. In­c­lu­so en­ton­ces, de­bía de te­ner ma­nos de cu­ran­de­ra.
    Siempre con muc­ho cu­ida­do, em­pi­eza a lim­pi­ar la car­ne mu­ti­la­da de la es­pal­da de Ga­le. Me si­en­to ma­re­ada, inú­til, la ni­eve res­tan­te go­te­an­do des­de mi gu­an­te a un char­co en el su­elo.
    Peeta me po­ne en una sil­la y sos­ti­ene con­t­ra mi me­j­il­la un tra­po lle­no con ni­eve fres­ca.
    Haymitch les di­ce a Bris­tel y Thom que se va­yan a ca­sa, y lo veo ap­re­tar mo­ne­das con­t­ra sus pal­mas mi­en­t­ras se van.
    No se sa­be lo que pa­sa­rá con vu­es­t­ro gru­po. Di­ce. El­los asi­en­ten y acep­tan el di­ne­ro.
    Hazelle lle­ga, sin ali­en­to y son­ro­j­ada, ni­eve fres­ca en su pe­lo. Sin de­cir na­da, se si­en­ta en un ta­bu­re­te jun­to a la me­sa, to­ma la ma­no de Ga­le, y la sos­ti­ene con­t­ra sus la­bi­os. Mi mad­re ni si­qu­i­era la sa­lu­da. Es­tá ida, en esa zo­na es­pe­ci­al que só­lo la in­c­lu­ye a el­la y al pa­ci­en­te y oca­si­onal­men­te a Prim. Los de­más po­de­mos es­pe­rar.
    Incluso en sus ma­nos ex­per­tas, lle­va muc­ho ti­em­po lim­pi­ar las he­ri­das, re­pa­rar lo que sea de la pi­el des­t­ro­za­da que pu­eda ser sal­va­do, ap­li­car un bál­sa­mo y un ven­da­je li­ge­ro. A me­di­da que la san­g­re se ac­la­ra, pu­edo ver dón­de ater­ri­zó ca­da gol­pe del lá­ti­go y sen­tir­lo re­so­nar en el cor­te úni­co de mi ca­ra. Mul­tip­li­co mi pro­pio do­lor una, dos, cu­aren­ta ve­ces y só­lo ten­go la es­pe­ran­za de que Ga­le si­ga in­con­s­ci­en­te. Por su­pu­es­to, eso es de­ma­si­ado que pe­dir. Mi­en­t­ras se co­lo­can las úl­ti­mas ven­das, un ge­mi­do se es­ca­pa de sus la­bi­os. Ha­zel­le le aca­ri­cia el pe­lo y su­sur­ra al­go mi­en­t­ras mi mad­re y Prim es­ca­ne­an su es­ca­so al­ma­cén de anal­gé­si­cos, del ti­po ge­ne­ral­men­te ac­ce­sib­le tan só­lo a los mé­di­cos. Son di­fí­ci­les de en­con­t­rar, ca­ros, y si­em­p­re en de­man­da. Mi mad­re ti­ene que re­ser­var los más fu­er­tes pa­ra el pe­or do­lor, pe­ro ¿cu­ál es el pe­or do­lor? Pa­ra mí, si­em­p­re es el do­lor que es­tá pre­sen­te. Si yo es­tu­vi­era al man­do, esos anal­gé­si­cos de­sa­pa­re­ce­rí­an en un día por­que ten­go muy po­ca ca­pa­ci­dad pa­ra ver suf­rir. Mi mad­re in­ten­ta re­ser­var­los pa­ra aqu­el­los que es­tán de ver­dad a pun­to de mo­rir, pa­ra fa­ci­li­tar­les la sa­li­da del mun­do.
    Ya que Ga­le es­tá re­cu­pe­ran­do la con­s­ci­en­cia, se de­ci­den por una po­ci­ón de hi­er­bas que pu­ede to­mar por la bo­ca.
    Eso no se­rá su­fi­ci­en­te. Di­go. Me mi­ran. Eso no se­rá su­fi­ci­en­te, sé có­mo se si­en­te.
    Eso ape­nas si aca­ba­ría con un do­lor de ca­be­za.
    Lo com­bi­na­re­mos con jara­be pa­ra dor­mir, Kat­niss, y se las ar­reg­la­rá. Las hi­er­bas son más pa­ra la in­f­la­ma­ci­ón… Mi mad­re em­pi­eza con cal­ma. ¡Só­lo da­le ya la me­di­ci­na! Le gri­to. ¡Dá­se­la! ¡Qu­i­én eres tú, ade­más, pa­ra de­ci­dir cu­án­to do­lor pu­ede so­por­tar!
    Gale em­pi­eza a re­tor­cer­se al oír mi voz, in­ten­tan­do lle­gar a mí. El mo­vi­mi­en­to ha­ce que san­g­re fres­ca em­pa­pe sus ven­da­j­es y que un so­ni­do ago­ni­zan­te sal­ga de su bo­ca.
    Lleváosla fu­era. Di­ce mi mad­re. Hay­mitch y Pe­eta li­te­ral­men­te me sa­can a ras­t­ras de la ha­bi­ta­ci­ón mi­en­t­ras le gri­to ob­s­ce­ni­da­des. Me su­j­etan sob­re una ca­ma en una ha­bi­ta­ci­ón ex­t­ra has­ta que de­jo de luc­har.
    Mientras es­toy al­lí tum­ba­da, con lág­ri­mas in­ten­tan­do sa­lir por la ra­nu­ra de mi ojo, oigo a Pe­eta su­sur­rar­le a Hay­mitch acer­ca del Pre­si­den­te Snow, acer­ca del le­van­ta­mi­en­to en el Dis­t­ri­to 8.
    Quiere que hu­ya­mos. Di­ce, pe­ro si Hay­mitch ti­ene una opi­ni­ón acer­ca de es­to, no la of­re­ce.
    Después de un ra­to, mi mad­re vi­ene y tra­ta mi ca­ra. Des­pu­és me sos­ti­ene la ma­no, aca­ri­ci­án­do­me el bra­zo, mi­en­t­ras Hay­mitch le cu­en­ta lo que pa­só con Ga­le. ¿Así que es­tá vol­vi­en­do a em­pe­zar? Di­ce. ¿Co­mo an­tes?
    Por lo que pa­re­ce. Res­pon­de él. ¿Qu­i­én hab­ría dic­ho que íba­mos sen­tir que se fu­era el vi­e­jo Cray?
    Cray no hab­ría si­do qu­eri­do, en cu­al­qu­i­er ca­so, por el uni­for­me que lle­va­ba, pe­ro era su há­bi­to de at­ra­er a jóve­nes ham­b­ri­en­tas a su ca­ma por di­ne­ro lo que lo con­ver­tía en un obj­eto de odio en el dis­t­ri­to. En ti­em­pos muy ma­los, las más ham­b­ri­en­tas se con­g­re­ga­rí­an en su pu­er­ta al ca­er la noc­he, com­pi­ti­en­do por ga­nar un pu­ña­do de mo­ne­das con las que ali­men­tar a su fa­mi­lia a ba­se de ven­der sus cu­er­pos. De ha­ber si­do yo ma­yor cu­an­do mu­rió mi pad­re, tal vez hab­ría es­ta­do en­t­re el­las. En vez de eso ap­ren­dí a ca­zar.
    No sé exac­ta­men­te qué es lo que qu­i­ere de­cir mi mad­re con lo de que las co­sas es­tán vol­vi­en­do a em­pe­zar, pe­ro es­toy de­ma­si­ado en­fa­da­da y do­lo­ri­da pa­ra pre­gun­tar. Sin em­bar­go, qu­eda re­gis­t­ra­da la idea de que reg­re­san ti­em­pos pe­ores, por­que cu­an­do su­ena el tim­b­re, sal­go dis­pa­ra­da de la ca­ma. ¿Qu­i­én pod­ría ser a es­tas ho­ras de la noc­he? Só­lo hay una res­pu­es­ta. Agen­tes de la paz.
    No pu­eden lle­vár­se­lo. Di­go.
    Tal vez sea a ti a qu­i­en bus­can. Me re­cu­er­da Hay­mitch.
    O a ti.
    No es mi ca­sa. Apun­ta Hay­mitch. Pe­ro ab­ri­ré la pu­er­ta.
    No, yo la ab­ri­ré. Di­ce mi mad­re en voz ba­ja.
    Vamos to­dos, sin em­bar­go, si­gu­i­én­do­la por el pa­sil­lo ha­cia el in­sis­ten­te so­ni­do del tim­b­re.
    Cuando ab­re la pu­er­ta, no hay una cu­ad­ril­la de agen­tes de la paz si­no una úni­ca fi­gu­ra cu­bi­er­ta de ni­eve. Mad­ge. Sos­ti­ene una ca­j­ita hú­me­da de car­tón pa­ra que yo la co­ja.
    Usa es­to con tu ami­go. Di­ce. Le­van­to la ta­pa de la ca­ja, re­ve­lan­do me­dia do­ce­na de vi­ales de lí­qu­ido cla­ro. Son de mi mad­re. Di­jo que po­día lle­vár­me­los. Úsa­los, por fa­vor.
    Corre de nu­evo ha­cia la tor­men­ta an­tes de que po­da­mos de­te­ner­la.
    Niña lo­ca. Mu­si­ta Hay­mitch mi­en­t­ras se­gu­imos a mi mad­re a la co­ci­na.
    Lo que sea que mi mad­re le ha­ya da­do a Ga­le, yo te­nía ra­zón, no es su­fi­ci­en­te. Sus di­en­tes es­tán ap­re­ta­dos con fu­er­za y su pi­el bril­la por el su­dor. Mi mad­re lle­na una jerin­ga con el lí­qu­ido cla­ro de uno de los vi­ales y se lo in­yec­ta en el bra­zo. Ca­si de in­me­di­ato, su ros­t­ro em­pi­eza a re­la­j­ar­se. ¿Qué es esa co­sa? Pre­gun­ta Pe­eta.
    Es del Ca­pi­to­lio. Se lla­ma mor­p­h­ling. Res­pon­de mi mad­re.
    Ni si­qu­i­era sa­bía que Mad­ge co­no­ci­era a Ga­le. Di­ce Pe­eta.
    Solíamos ven­der­le fre­sas. Di­go ca­si con en­fa­do. Aun­que, ¿por qué es­toy en­fa­da­da? No por­que el­la ha­ya tra­ído la me­di­ci­na, eso se­gu­ro.
    Deben de gus­tar­le muc­ho. Di­ce Hay­mitch.
    Eso es lo que me ir­ri­ta. La im­p­li­ca­ci­ón de que hay al­go en­t­re Ga­le y Mad­ge. Y no me gus­ta.
    Es mi ami­ga. Es to­do lo que di­go.
    Ahora que Ga­le es­tá en ma­nos del anal­gé­si­co, to­do el mun­do pa­re­ce de­sin­f­lar­se. Prim nos ha­ce co­mer a to­dos al­go de es­to­fa­do y de pan. A Ha­zel­le se le of­re­ce una ha­bi­ta­ci­ón, pe­ro ti­ene que ir a ca­sa jun­to a los ot­ros ni­ños. Hay­mitch y Pe­eta es­tán los dos dis­pu­es­tos a qu­edar­se, pe­ro mi mad­re los en­vía tam­bi­én a acos­tar­se a ca­sa. Sa­be que no ti­ene sen­ti­do in­ten­tar­lo con­mi­go y me de­ja aten­di­en­do a Ga­le mi­en­t­ras el­la y Prim des­can­san.
    A so­las en la co­ci­na con Ga­le, me si­en­to en el ta­bu­re­te de Ha­zel­le, sos­te­ni­en­do su ma­no.
    Después de un ra­to, mis ma­nos en­cu­en­t­ran su ros­t­ro. To­co par­tes de él que nun­ca an­tes ha­bía te­ni­do ra­zón de to­car. Sus pe­sa­das ce­j­as os­cu­ras, la cur­va de su me­j­il­la, la lí­nea de su na­riz, la dep­re­si­ón en la ba­se de su cu­el­lo. Tra­zo el con­tor­no de la bar­ba en su man­dí­bu­la y fi­nal­men­te lle­go has­ta sus la­bi­os. Su­aves y am­p­li­os, al­go ag­ri­eta­dos, su ali­en­to ca­li­en­ta mi pi­el fría. ¿To­do el mun­do pa­re­ce más joven mi­en­t­ras du­er­me? Por­que aho­ra mis­mo pod­ría ser el ni­ño al que me en­con­t­ré en el bos­que ha­ce años, el que me acu­só de ro­bar de sus tram­pas.
    Qué par éra­mos­sin pad­re, asus­ta­dos, pe­ro tam­bi­én fe­roz­men­te com­p­ro­me­ti­dos a man­te­ner a nu­es­t­ras fa­mi­li­as con vi­da. De­ses­pe­ra­dos, aun­que a par­tir de ese día ya no so­los, por­que nos ha­bí­amos en­con­t­ra­do el uno al ot­ro. Pi­en­so en ci­en mo­men­tos en el bos­que, tar­des pe­re­zo­sas de pes­ca, el día en que le en­se­ñé a na­dar, aqu­el­la vez que me tor­cí la ro­dil­la y él me lle­vó a ca­sa. Con­fi­an­do en el ot­ro, vi­gi­lán­do­nos mu­tu­amen­te las es­pal­das, ob­li­gán­do­nos mu­tu­amen­te a ser va­li­en­tes.
    Por pri­me­ra vez, in­vi­er­to nu­es­t­ras po­si­ci­ones en mi ca­be­za. Ima­gi­no a Ga­le pre­sen­tán­do­se vo­lun­ta­rio pa­ra sal­var a Rory en la co­sec­ha, vi­en­do có­mo lo ar­ran­can de mi vi­da, con­vir­ti­én­do­se en el aman­te de una chi­ca ex­t­ra­ña pa­ra per­ma­ne­cer con vi­da, y des­pu­és vol­vi­en­do a ca­sa con el­la. Vi­vi­en­do jun­to a el­la. Pro­me­ti­en­do ca­sar­se con el­la.
    El odio que si­en­to ha­cia él, ha­cia la chi­ca fan­tas­ma, ha­cia to­do, es tan re­al e in­me­di­ato que me aho­ga. Ga­le es mío. Yo soy su­ya. Cu­al­qu­i­er ot­ra co­sa es in­con­ce­bib­le. ¿Por qué hi­zo fal­ta que fu­era azo­ta­do has­ta el lí­mi­te de su vi­da pa­ra que me di­era cu­en­ta?
    Porque soy ego­ís­ta. Soy una co­bar­de. Soy el ti­po de chi­ca que, cu­an­do pod­ría ser útil de ver­dad, hu­iría pa­ra se­gu­ir con vi­da y aban­do­na­ría a los que no la pu­di­eran se­gu­ir pa­ra que suf­ri­eran y mu­ri­eran. Es­ta es la chi­ca a la que Ga­le se en­con­t­ró hoy en el bos­que.
    No me ex­t­ra­ña que ga­na­ra los Ju­egos. Nin­gu­na per­so­na de­cen­te los ga­na jamás.
    Salvaste a Pe­eta, pi­en­so dé­bil­men­te.
    Pero aho­ra me cu­es­ti­ono in­c­lu­so eso. Sa­bía de sob­ra que mi vi­da de vu­el­ta en el Dis­t­ri­to 12 se­ría im­po­sib­le si de­j­ara mo­rir a ese chi­co.
    Apoyo la ca­be­za sob­re el bor­de de la me­sa, su­pe­ra­da por el odio ha­cia mí mis­ma. De­se­an­do ha­ber mu­er­to en la are­na. De­se­an­do que Se­ne­ca Cra­ne me hu­bi­era hec­ho ex­p­lo­tar en pe­da­ci­tos de la for­ma en que el Pre­si­den­te Snow di­jo que de­be­ría ha­ber hec­ho cu­an­do le­van­té las ba­yas.
    Las ba­yas. Me doy cu­en­ta de que la res­pu­es­ta a la pre­gun­ta de qu­i­én soy de­pen­de de ese pu­ña­do de fru­tos ve­ne­no­sos. Si los le­van­té pa­ra sal­var a Pe­eta por­que sa­bía que se­ría mar­gi­na­da si vol­vía sin él, en­ton­ces soy des­p­re­ci­ab­le. Si los le­van­té por­que lo ama­ba, en­ton­ces to­da­vía soy ego­cén­t­ri­ca, aun­que per­do­nab­le. Pe­ro si los le­van­té pa­ra de­sa­fi­ar al Ca­pi­to­lio, soy al­gu­i­en va­li­oso. El prob­le­ma es que no sé exac­ta­men­te lo que pa­sa­ba den­t­ro de mí en ese mo­men­to. ¿Pod­ría te­ner ra­zón la gen­te de los dis­t­ri­tos? ¿Que era un ac­to de re­be­li­ón, si bi­en uno in­con­s­ci­en­te? Por­que, muy en el fon­do, yo de­bía de sa­ber que no era su­fi­ci­en­te pa­ra man­te­ner­me a mí, o a mi fa­mi­lia, o a mis ami­gos con vi­da el hu­ir. In­c­lu­so si pu­di­era. No ar­reg­la­ría na­da. No im­pe­di­ría que hi­ci­eran da­ño a la gen­te co­mo a Ga­le hoy.
    En re­ali­dad la vi­da en el Dis­t­ri­to 12 no es tan di­fe­ren­te a la vi­da en la are­na. Lle­ga­do un mo­men­to ti­enes que de­j­ar de es­ca­par y dar­te la vu­el­ta y en­f­ren­tar­te a qu­i­en sea que te qu­i­era ver mu­er­to. Lo di­fí­cil es en­con­t­rar el va­lor pa­ra ha­cer­lo. Bu­eno, no es di­fí­cil pa­ra Ga­le. Él na­ció re­bel­de. Yo soy la que ha­ce pla­nes de hu­ida.
    Lo si­en­to tan­to. Su­sur­ro. Me in­c­li­no ha­cia de­lan­te y lo be­so.
    Sus pár­pa­dos se le­van­tan y me mi­ra a tra­vés de una neb­li­na de opi­áce­os.
    Hola, Cat­nip.
    Hola, Ga­le.
    Pensé que a es­tas al­tu­ras ya te hab­rí­as ido.
    Mis op­ci­ones son sen­cil­las. Pu­edo mo­rir co­mo una pre­sa en el bos­que o pu­edo mo­rir aquí jun­to a Ga­le.
    No me voy a nin­gu­na par­te. Me voy a qu­edar jus­to aquí y ca­usar to­do ti­po de prob­le­mas.
    Yo tam­bi­én. Di­ce Ga­le. Só­lo con­si­gue es­bo­zar una son­ri­sa an­tes de que las dro­gas vu­el­van a lle­vár­se­lo. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Opinión resumida: No sólo es una secuela satisfactoria, sino que, en muchos niveles, supera a su antecesor. Los personajes están más redondeados y al enfrentarse a nuevas situaciones podemos conocerlos más. Además la incorporación de nuevos personajes crea nuevas dinámicas que son muy interesantes de explorar. La trama es redonda y exquisita. Opinión extendida: http://juvenil-la.blogspot.com/2010/05/resena-24-en-llamas-suzanne-collins.html

Keane

María Hudson dijo...

Aquí se pone bueno >:D Rebelion

Anónimo dijo...

Re-be-lion......! Por favor, ese poder atrapante que tiene esta novela...! I <3 LOS JUEGOS DEL HAMBRE...

Anónimo dijo...

ahi, por favor, mi libro es mejor, esto es sola una tonta historia. :/